OPINIONES SOBRE CORRO, DE DANIEL GARCÍA.
A Daniel García lo considero un tío. De esos familiares que, en los almuerzos de cumpleaños, terminan contándote muchas experiencias inéditas de su juventud. Simpático, gracioso, extravagante. Teniendo doce años, querés ser como tu tío Daniel García: usar camperas de cuero como en sus veinte y conocer a algún famoso deportista, sacarte una foto con el Nokia de tapita, y rememorar el momento por muchos años. O así me lo imagino yo, no sé. Daniel me dio esa impresión.
Cuando leí su prólogo, durante la Feria del Libro del 2025, creí que su historia iba a ahondar en tópicos distintos: situaciones inéditas que le sucederían mientras corriera, pequeños puntos específicos que pasarían desapercibidos sin su mirada o escenas únicas de las calles argentinas, merecedoras de hospedarse, permanentes, en la tinta de un libro. Yo siempre tengo expectativas; aunque diga, incluso en voz alta, que no las tengo.
No sé a qué me refería cuando pensaba en “escenas únicas”. Porque lo que encontré en las calles rosarinas, narradas por García, lo encuentro en las mías cuando camino sola hacia el gimnasio, la estación de tren o algún café. Y claro que pasa desapercibido cuando tengo apuro, cuando vengo nerviosa o pensando en mi futuro. Escuchando música, incluso más. Distraída, inmersa en mi propia cabeza, dejo de analizar mi alrededor. ¿Cuándo fue la última vez que observé cómo un gato saltaba de un techo al otro? ¿Cuándo miré de nuevo hacia arriba, al cielo despejado, o al atardecer naranja de mi ciudad?
Leer Corro me obligó a parar; me indujo a un estado meditativo absoluto. Elegí leer el libro por las mañanas, ni bien me levantaba, bajo el sol. ¿Por qué? Porque no había nada más lindo que volver a darle valor a las apariciones simples, a las existencias que damos por hecho. Daniel habla del arroyo Ludueña —sus crecidas y bajadas, sus olores y las criaturas que lo habitan aún en un estado desamparado—. Habla de los perros de colores que habitan las calles, que reposan detrás de las rejas de cada casa y los que pasean felices junto a sus dueños. Habla de los encuentros con camionetas, autos, bicicletas y personas. De los policías que a veces ocupan las garitas de seguridad y que, otras, desaparecen. Habla de las plantas floreciendo en primavera y desnudándose en otoño. Habla del cansancio del cuerpo, pero de la persistencia de la mente.
Hoy me cuesta terminar sus últimas páginas. Se me hace extremadamente difícil porque estoy en un punto de mi vida donde todo pasa rápido, y las cosas me obligan a que yo sea cada vez más veloz que ellas. Respiro rápido, parpadeo rápido, miro a un único punto y así sigo viviendo. Qué lástima, ¿no? Porque, en el mientras tanto, pierdo de vista las caras de esas personas que corren al lado mío. Corremos de otra manera, diferente a la de Daniel. Corremos ciegos, desesperados; arrancándonos los pies con tal de alcanzar pasos más largos.
Los meses que leí a García —porque sí, tardé demasiado— implicaron un cambio interno muy abrupto para mi alma. Volví a saborear los alimentos y a sentir el amarillo del sol sobre el cuero cabelludo. Volví a analizar los vuelos de las abejas, que a veces se posaban frágiles sobre las lavandas de mi jardín mientras yo leía. Extraño un libro que me obligue a parar. Es irónico que se llame Corro. ¿Será que Daniel habrá planeado este efecto contradictorio? Yo levanto peso, voy al gimnasio, nado. Correr no; no me gusta. Hay algo detrás de este libro, portada y prólogo, que se apoderaron de mí. Algo más allá del efecto de correr. Alberto Giordano, en la sinopsis, dice:
“Se corre para sentir con intensidad, sostenerse al borde del tropiezo y la fatiga, para sobrevivir activamente. Son las mismas razones por las que se lleva un diario con voluntad de obra.”
Un diario. Ahí está. Es la bitácora. Es la experiencia escrita la que me incitó desde un inicio a leer a Daniel García. ¿Qué hace tan importante a un hombre que corre todos los domingos? Esa fue mi pregunta al levantar la obra de los expositores del stand de la Feria del Libro. Algo tan ajeno a mí, tan opuesto y, al mismo tiempo, tan identitario. ¿Correr de qué, de quién? Tal vez ahí cometí el error: me identifiqué con simples preguntas nacidas de la curiosidad. Porque, automáticamente, respondí a esos qué y quién. Porque corro de la vida, la rutina, el amor. Corro con la vida, la rutina y el amor. Corro para no perderme las cosas que se me escapan de las manos, pero también por eso mismo se me escapan. Corro para no enfrentarme a la angustia, a la pregunta tan incómoda de: ¿qué estoy haciendo?. Pero correr no me aleja de ella; más bien la posa sobre cada pie, sobre mis pulmones, y entonces inhalo un qué estoy haciendo, y exhalo un no lo sé. Corro más rápido hasta morirme del agotamiento, y es ahí donde encuentro este libro, esta experiencia, y pienso: ah, en realidad no tenía que lastimarme así. En realidad, lo único que había que hacer era volver a la simpleza. A lo dado por hecho. El suave viento que expulsan las fosas nasales, la leve diferencia de temperatura entre el pecho y los dedos de las manos, los pequeños movimientos involuntarios de los músculos cuando se está quieto o acostado, o incluso el frescor de sentir volver la humedad a la garganta al tomar sorbos largos de agua. ¿Desde cuándo automaticé tales cosas, tan perfectas y humanas?
Gracias, Daniel García, por haber recopilado estos trabajos. Gracias por haber convertido una meditación en un libro. Acá transcribo algunas frases subrayadas por mí, que me parecieron intensamente fascinantes:
“Necesito tener la visión y el oído disponibles para captar el espacio que me circunda. De otra manera, me siento incómodo, inseguro. Una sola vez salí a correr con auriculares y sentí como si lo hubiese hecho con los ojos vendados”, (pág. 21).
“También las ilusiones ayudan a movernos. Un espejismo en el desierto hace que continuemos caminando. Al menos evita que nos dejemos morir al sol, desahuciados, sin hacer un último intento por sobrevivir y eso ya es mucho” (pág. 70).
“La música lo invade todo, ocupa cada sector del espacio y lo comprime. Claro que hay gente que le teme al silencio y al vacío. Tal vez lo sientan como un memento mori y necesiten llenar todo de ruido, todo el tiempo. Pero en realidad sucede a la inversa, en el silencio se puede escuchar la vida: el viento entre las hojas, el canto de las aves, la risa de los chicos” (pág 97).
“Hoy hubo un instante del recorrido en que sentí que el mundo es hermoso. Un breve instante. Ya comenté la semana pasada que belleza y fugacidad van de la mano” (pág. 109).
